El Cristo Crucificado de nuestra parroquia de San José lo talló el escultor hellinero José Zamorano en 1963. Se realizó para la capilla del Seminario Menor que en aquellos años estaba en Hellín.

Posteriormente en 1970 el Seminario Menor se traslada a Albacete, y también esta talla, que ocupó distintos lugares del Seminario ya en Albacete.

En 1983 es cedido a la Parroquia de San José, donde se encuentra actualmente.

La Crucifixión en el Arte

Desde el s. IX junto al altar hay siempre una Cruz, recuerdo del misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Los primeros cristianos utilizaban sólo la cruz desnuda, sin la presencia del crucificado, por prejuicios figurativos, ya que la cruz era un suplicio detestable. Por eso una cruz desnuda expresaba un mensaje de alcance universal. Pero el progresivo culto a las imágenes haría que la figura de Cristo en la cruz se convirtiera en la más repetida del arte cristiano.

En unas épocas los crucificados se representaban más majestuosos, como en el románico, destacando más su vertiente divina. En otras épocas el crucificado se representa más do-liente, con más expresión, se huma-niza ensalzando el papel redentor.

La Ejecución en la Cruz

La cruz como instrumento de suplicio es originaria de Persia. Los romanos la aceptaron pero la aplicaban solamente en la ejecución de los que no tenían el título de ciudadanía romana. Este instrumento, en un principio, constaba de un único palo vertical sujeto en tierra del que se colgaba al reo, pero posteriormente se introdujo un palo transversal en forma de T.

La pena de crucifixión empezaba con el transporte de la cruz. Al condenado se le cargaba con el travesaño de la cruz, que debía llevar hasta el lugar de la crucifixión. El vía crucis seguía el itinerario de las calles más frecuentadas, para que fueran muchos los que pudieran ver al condenado. Con ello se quería disuadir a la gente, y al mismo tiempo dar ocasión al pueblo de burlarse a satisfacción del condenado.

A Jesús se le flageló antes. Esas heridas provocaban dolores en la espalda que, herida en carne viva, iba a rozar contra el áspero tronco largas horas, e incluso días. Luego intervenían dos soldados del comando de la ejecución (formado por cuatro soldados y un centurión) que tomaban al condenado por los brazos, lo echaban sobre el leño transversal y fijaban sus brazos. Otros dos soldados clavaban las manos por la muñeca con gruesos clavos.

El palo vertical estaba izado de antemano en el lugar de la ejecución. Con una cuerda se levantaba el travesaño, junto con el crucificado, hasta colocarlo sobre el palo vertical. Después se clavaban los pies. Existía también la crucifixión sin clavos, simplemente con cuerdas. Como la muerte por crucifixión en realidad era una muerte por asfixia y falta de circulación sanguínea, poco importaba al respecto que el colgado de la cruz lo fuese con clavos o con cuerdas.

Según el derecho romano, sobra la cabeza del crucificado debía figurar un titulus que expresase el motivo de la condena. El crucificado colgaba de la cruz durante horas y hasta durante días enteros, hundiéndose en la inconsciencia y despertando, buscando algún alivio a la asfixia progresiva mediante alguna forma de apoyo y volviendo a ceder porque las piernas estaban como muertas por las ataduras o los pies agujereados le producían nuevos dolores al apoyarse. El calor del día, los mosquitos, el frío de la noche, las burlas y la bebida de vinagre aumentaban la tortura.

El reo podía permanecer varios días colgado de la cruz. con objeto de acortar su vida y su suplicio, se solía fracturar las piernas del crucificado para provocar una pérdida más acelerada de sangre y una dificultad mayor para la respiración. El dolor de la muerte en una cruz es inimaginable. Se le considera un suplicio cruel e infame. Los judíos lo consideraban una vergüenza y una maldición.

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