CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

17/03/2012

Cuando visité con los misioneros de Albacete el hospital de Safané en Burkina Fasso una de las cosas que más me impresionó fue la cantidad de hombres que había en estado grave a consecuencia de las mordeduras de serpiente. Decían que había cientos de clases de serpientes distintas y casi todas venenosas. La palabra serpiente y muerte en su idioma (marká) se pronuncian lo mismo por la gran analogía que hay entre la serpiente y la muerte y por lo que tiene que ver la una con la otra. 

Cuando los israelitas pasan por el desierto hacia la Tierra Prometida también sufren las mordeduras de las serpientes. Moisés hace un estandarte de bronce en forma de serpiente y los que miraban con fe el estandarte quedaban sanados.  

El estandarte de Moisés es el referente de la cruz de Cristo elevada sobre toda la tierra y sobre todos los hombres. Quien mira con fe al Crucificado, elevado sobre nuestras vidas, quedará curado de la picadura de la serpiente, del pecado, de la muerte.

El israelita, peregrino por el desierto, que resultaba mordido por una serpiente no disimulaba su mal sino que rápidamente y con toda su fe levantaba su mirada y su corazón hacia el estandarte de la serpiente de bronce. Su fe era mayor cuanto más sentía la picadura de la serpiente y era consciente de su peligro de muerte. No había otro camino para salvarse: mirar con fe o morir con la ponzoña del áspid envenenando su sangre.

La serpiente del Génesis y del Éxodo sigue reptando por todos los suelos. Llegará hasta el Apocalipsis. Su mordedura continúa produciendo estragos. Mira a la presa, la embauca, la hipnotiza y la destroza... Todos tenemos alguna huella de su mordedura, todos estamos marcados por su veneno. Pero ahora tenemos a Jesucristo crucificado y resucitado al que debemos “mirar con fe”que es mucho más que el estandarte de Moisés

En este evangelio de hoy resaltan tres términos que hay que coordinar: El primero es el Crucificado y la cruz. El Crucificado, Jesús, es histórico. Pasó por el mundo haciendo el bien. Da su vida por nosotros...

El segundo término somos cada uno de nosotros a los que Jesús nos dirige sus palabras, desde Nicodemo (que le sigue a escondidas, con miedo de qué dirán...) hasta mí.

El tercer término es la fe. La fe es lo que se me pide para saber mirar al Crucificado. Tener la conciencia clara de que mi vida tiene que ver mucho con la de ese Hombre que está en la Cruz. Mi fe me pone en relación con sus palabras. Mi fe me hace ver su vida puesta en la mía. Mi fe en el crucificado (que resucitará) no se acaba en mí porque me hace completarme en los demás. Mi fe en Jesucristo me traspasa por el centro de mi vida como si fuera la cuerda del collar que me une con los demás y me hace sentirme uno con todos en Él. Mi fe me hace hijo y hermano.

El Crucificado, mi fe y yo tenemos que estructurarnos y coordinarnos mejor. No puede ser que Jesucristo pase por mi vida y en mi vida no pase nada, nada se altere, nada cambie, nada mejore. El existe, el es y yo también existo, vivo y soy... Entonces algo falla. Falla la fe que se puede disecar y convertirla en únicamente en doctrina. Puede fallar la fe que se hace costumbrismo, puede fallar la fe que se convierte sólo en tradición; falla la fe que se hace olvido, material de deshecho, que se minusvalora, se tira o se arrincona ignorando que es lo único que nos puede salvar y llenar de sentido pleno.

Nos corresponde dejar de mirar otros estandartes que también pretenden engañarnos con esperanzas falsas de felicidad, nos urge levantar nuestra mirada y con toda nuestra pobre fe mirar a Jesucristo Crucificado. Nuestra fe ve ya en el Crucificado al Resucitado que hace posible que todo lo que en nosotros está mordido de veneno, de pecado y de muerte pueda RESUCITAR,  LLENARSE DE CREATIVIDAD, DE NOVEDAD, DE ILUSIÓN Y DE VIDA. 

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