¿Quienes son los bandidos?

09/03/2012

Este relato esta narrado en los cuatro evangelios, pero mientras que en los sinópticos aparece entre las últimas cosas que hace Jesús en su vida, en el evangelio de Juan aparece en el capítulo 2. Es mas probable que sucediera al final, lo que ocurre es que el evangelista Juan lo colca al principio porque, de acuerdo con su concepción de la actividad de Jesús, la actuación de Jesús en el Templo resume prácticamente todo su mensaje y su misterio.

Jesús anuncia la destrucción del Templo, hay que tener en cuenta que esto es una profecía, no una adivinación. Cuando nosotros hacemos una quiniela, ponemos lo que creemos que va a pasar, sin que nos comprometa vitalmente. Cuando Jesús dice que no va a quedar piedra sobre piedra, está lanzando una maldición contra el templo. Además, para los judíos, la presencia de Yahvé en el templo de Jerusalén es, por decirlo de alguna manera, como el segundo dogma de su religión. El primero es que Dios sólo hay uno. El segundo es que ese único Dios vive allí. Decir que el templo va a ser destruido quiere decir que la casa de Dios va a ser destruida o, dicho de otra manera, que Dios va a dejar de vivir allí. Y, por tanto, Jesús está atacando una verdad fundamental de la religión judía.

Pero ¿qué hizo Jesús en el templo? Nosotros tenemos la imagen tradicional, enriquecida por las homilías oídas a lo largo de nuestra vida, de que en el templo están vendiendo y comprando ilegalmente, incluso extorsionando y robando. Entonces Jesús, airado por ello, «purifica» el templo para que allí se rece: «Mi casa será llamada casa de oración». Al templo hay que ir a rezar, en lugar de ir a comprar, vender o robar. Yo creo que esto no es así. Veamos primero cómo funcionaba el templo.

Lo más parecido que tenemos en España al templo de Jerusalén es la mezquita de Córdoba, que es un lugar de oración árabe (semítico, al fin y al cabo). Todos los que hayan estado en la mezquita de Córdoba sabrán que hay un patio alrededor del edificio. Nosotros entendemos que el patio no es el recinto sagrado, y así lo entendían también los judíos. La explanada del templo y el patio no son el templo. Si uno va a la mezquita de Córdoba, verá que en el patio de los naranjos se venden caramelos, tarjetas de la mezquita y otras chucherías. Si fuéramos coherentes con la manera habitual de entender el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo por parte de Jesús, lo primero que tendría que hacer el obispo de Córdoba sería prohibir que en el patio de los naranjos se vendieran fotografías de la mezquita y «chupa-chups» para los niños.

En el templo de Jerusalén hay un patio. En ese patio se vende. Pero ¿qué se vende? Se venden palomas y ovejas y se cambia dinero. Es decir, los animales (palomas y ovejas) que se necesitan para el culto. Las palomas y las ovejas que se sacrifican en el templo y que deben cumplir los requisitos legal y ritualmente establecidos para que sean animales aptos para los sacrificios. ¿Y por qué se cambia dinero? Porque a Dios sólo se le puede ofrendar dinero puro y, por tanto, acuñado por el templo. Los judios habitan por todo el Mediterráneo, en Roma, Corinto... Cuando llegan en peregrinación a Jerusalén, cambian el dinero de su tierra por dinero puro para hacer la ofrenda en el templo.

Según nos cuenta Flavio Josefo, el patio en torno al templo se conoce como atrio de los gentiles, donde puede entrar todo el mundo. Después viene el atrio de las mujeres, donde sólo pueden entrar las mujeres judías. Luego está el atrio de los israelitas, donde pueden en-trar los israelitas judíos mayores de 12 años y, en principio, sin defecto físico y sin impureza. ¿Por qué? Quien es ciego, evidentemente no tiene la bendición de Dios, porque, si la tuviera, no sería ciego. Y si no tiene la bendición de Dios, ¿cómo va a ser digno de presentar la ofrenda? Después viene el atrio de los sacerdotes y, por último, el «Sancta Sanctorum», o Santísimo, donde sólo puede entrar el Sumo Sacerdote una vez al año, en la fiesta de la Expiación. Cuando Jesús irrumpe en el atrio del templo, derriba las mesas de los cambistas y expulsa a los vendedores de palomas y de ovejas, lo que hace es impedir el funcionamiento del sistema cultual judío.

Lo que nos viene a decir el evangelio es que Jesús dio una especie de golpe de mano en el templo durante todo el día... hasta el atardecer, cuando marchó fuera de la ciudad. Traducido a nuestro mundo, sería algo así como si uno entra en una iglesia, toma en la sacristía las formas y el vino de misa y se lo lleva diciendo: «Aquí no se dice misa». Lo que Jesús hace es un gesto profético con el cual viene a pronunciarse así: este sistema cultual no es el sistema cultual que Dios quiere; por lo tanto, no podéis seguir ofreciendo sacrificios a Dios de esta manera.

Lo que quiere decir en los evangelios es: el verdadero culto a Dios exige que no haya distinción entre judíos ni extranjeros, entre hombres y mujeres, entre sanos y no sanos, es decir, entre gente que se supone que tiene la bendición de Yahvé y gente que no la tiene. Lo que no puede ser es lo que estáis haciendo: haber convertido el templo en cueva de bandidos. ¿Quiénes son los bandidos? ¿Los que estaban en el patio vendiendo palomas y cambiando el dinero? No; los bandidos son los que van a rezar al templo. Pero no por ir a rezar, sino porque el ir a rezar es la forma de tranquilizarse ante Dios después de haber matado, adulterado y oprimido al pobre antes de entrar allí.

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