El «empujón» del Espíritu me lleva

25/02/2012

Los grandes acontecimientos se miden por su preparación. Así lo comprobamos en la vida de todos los días. Un árbol lleno de frutos exige un tiempo anterior de riego, desnudez y poda. Una gran fiesta familiar lleva consigo muchas horas en el anonimato de la cocina, con el delantal puesto y las manos en todas las faenas de limpieza. Una final deportiva lleva muchísimas horas de entrenamiento, corrección y dominio corporal… hasta en la comida e incluso venciendo las adversidades del clima.

Estamos en cuaresma, tiempo de desierto, tiempo de soledad, tiempo de gran preparación, tiempo de poda, tiempo del Espíritu.

Jesús elige el desierto y la montaña como lugares de soledad, preparación y encuentro para comenzar su tarea. El desierto no es el fin. El desierto y los cuarenta días hablan de otra realidad mayor que viene después. El desierto es como el trampolín de los grandes acontecimientos salvadores. El fin es el anuncio del Reino de Dios para todos, la Salvación que nos viene por la muerte y resurrección de Jesús.

“Empujado por el Espíritu se retiró al desierto”.
Ese mismo Espíritu que empujó a Jesús me empuja a mí hoy. Es el empujón que impulsa a toda la Iglesia, pero que cada uno lo debemos sentir también en particular. El desierto capacita para el encuentro conmigo mismo. El desierto pone al hombre entre la tierra y el cielo sin nada que lo distraiga de estas dos realidades. No hay desierto sin silencio. Para ello, aún en medio de la vida actual debemos parar el reloj y dedicar un tiempo a la reflexión y oración diaria. Estamos volviendo a descubrir la importancia de los días de retiro y ejercicios espirituales como algo imprescindible. 

El empujón del Espíritu lo sentimos muchas veces a lo largo de nuestra vida. Pero no vale endurecer el corazón ante su impulso. Con la mínima atención que le preste al Espíritu sentiré que me empuja a construir el bien y a evitar el mal. Sentiré su ayuda para dejar lo que me estorba: seguro que ya estoy pensando en algo concreto que es mi caballo de batalla, la tentación de este momento de mi vida, el paso que debo dar… y notaré la fuerza del Espíritu que me llena de paz y me propone el camino que debo seguir ¡YA! y a poner en ello toda mi ilusión.

Así lo hace y lo dice el Señor en este domingo:

Se ha cumplido el plazo”. No puedo dilatar más mi respuesta y aplazarla para “mañana” porque el mañana siempre es indefinido, inalcanzable.

“El Reino de Dios está cerca”. Tan cerca que está al alcance de mi mano, tan cerca que está dentro de mí, tan cerca que lo veo en los demás, en lo que me ofrecen y en lo que me necesitan.

“Convertíos”. Esto es: cambiad de dirección. Convertirse es volverse. Retroceder hasta el lugar donde está el ‘nudo’ para desatarlo. Convertirse es reconocer el error sin disimular, sin careta, sin el disfraz y querer afrontarlo y corregirlo. Convertirse es coger la palabra perdón y regalarla, coger la palabra perdón y pedirla. Vivir en la dinámica del perdón, con Dios, con el otro, conmigo y hasta con la misma tierra en la que habito.

“Creed en el evangelio”. Es creer en el paso de Jesús por la historia humana haciendo el bien... Creer que con su manera de actuar y de hablar nos está indicando nuestra manera de vivir y de ser. Creer en las posibilidades de bien que Dios ha puesto en ti y en mí para actuar con Él y hacer un mundo de hermanos. Creer en el Evangelio es creer en la utopía de la fraternidad. En un mundo de increencia y donde todo sopla en contra, creer es acoger a Dios en nuestro corazón y demostrar con mi entrega, alegría y sencillez que Él es el único que colma y llena de sentido toda la vida y salta a los demás como en ondas de paz.

Cierro los ojos y escucho atento el paso del Espíritu y con docilidad me dejo llevar hacia donde Él me quiere empujar.

César Tomás

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