“Se levantó y se puso a servirles” (la suegra)

04/02/2012

La suegra de Pedro está con fiebre muy alta. Jesús pasa, la coge de la mano y la cura. Ella como respuesta (o como forma de ser) se pone a servirles.

Lo leemos de una manera tan sencilla y lo vemos tan normal. Pero no es siempre lo más normal.

Hoy quiero empezar por el reconocimiento a todas las suegras. Tendría que ser la suegra de Pedro (no conocemos ni el nombre) la patrona de todas las suegras. Tienen muy mala fama pero yo no conozco a ninguna suegra que se cruce de brazos y se quede sin servir a los demás.  Debe ser porque todas las suegras son también madres y a las madres la entrega, el servicio y la generosidad se les da por supuesto. Es posible que la mala fama les venga por alguna, como excepción, que tampoco supo ser madre.

Pasar de la fiebre al servicio de los demás es don de Dios. Un don que se expresa en este pasaje con las manos de Jesús: “tomando de la mano a la suegra de Pedro...”. Dos manos se unen: una mano necesitada y otra mano que cura.

En ocasiones cualquier excusa vale para quedarse en el sitio, sin moverse, esperando que me sirvan. Esto lo vemos desde la infancia en los hermanos que se ‘escurren’ para no poner o quitar la mesa, hasta en los adultos cuando entendemos el mundo como el gran pastel del que cuanto más coja yo y me aproveche, mejor me va a ir... sin pensar en los que se quedan sin nada, en los que en ese reparto avaricioso y sin medida, salen siempre perjudicados.

El hecho de servir es un grado y un escalafón de virtud que no todos alcanzan.

Jesús es el primero que nos dice que no ha venido a ser servido sino a servir. Pero para alcanzar la gracia de servir necesitamos su mano sobre nosotros, sobre nuestra fiebre posesiva, sobre nuestra fiebre de tener y acaparar.

Cuando hacíamos los campamentos del “Movimiento Junior” de Acción Católica me gustaba el lema que todos los días repetíamos después de la oración de la mañana, como consigna y eslogan para el día: “¡VALE QUIEN SIRVE!”. Yo pensaba (y pienso ahora también) que la misma fuerza tiene al revés: ‘Sirve quien vale’. Solamente sirve el que vale, servir no está al alcance de todos, para servir hay que valer.

¡Qué pena me dan las personas que pasan por el mundo para ser servidas! Sin descubrir la gran riqueza que supone servir y ayudar a los demás, como nos marca Jesús, como lo hace la suegra de Pedro, como lo hacen tantas personas que todos conocemos y que viven junto a nosotros.

La gente se agolpaba a su alrededor y Él curó a mucha gente de todos sus males corporales y espirituales.

Con qué sencillez narra el Evangelio después dos detalles que a mí me parecen imprescindibles:

“ Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar”

Y la segunda frase la dice ante la insistencia de los apóstoles en que se quede para recibir elogios y agradecimientos: “Todo el mundo te busca”. A lo que Jesús responde: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”.

Qué lección tan hermosa nos da el Señor para no caer en la trampa de la búsqueda de elogios como el que padece el síndrome de reconocimiento y autoalabanza.

Si mis manos y mi corazón se alzan asiduamente en la oración constante como signo de la actitud de mi vida, el Padre Dios irá moldeándome en el servicio a los demás; me sentiré siempre en sus manos, sirviendo a los que pueda, sin necesidad de buscar elogios y reconocimientos.

César Tomás Tomás

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